Memorias. Por Miguel Angel Calderón. Arquitecto de su destino.

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Miguel Ángel Calderón nació el 3 de mayo de 1930. La casa donde vive con su familia se construyó ese mismo año, lo que le da el derecho a decir risueñamente “esta casa donde vivo ahora me la hicieron para mí”.

Aquí su testimonio completo

Nací en Buenos Aires, en esa época existía una casa en la capital que se encargaba de los chicos que los padres no podían tenerlos, criarlos o darles de comer. Entonces iban a la Casa Cuna; hoy es el Hospital de Niños Pedro Elizalde. Ahí estuve hasta los 6 años. No conocí a ningún pariente, si recuerdo a una viejita que me venía a visitar, supuestamente sería mi abuela, pero nunca lo supe realmente, después de la Casa Cuna fui a un colegio en Mercedes, provincia de Buenos Aires hasta los 12 años internado, siempre de la sociedad de Beneficencia.

A mí me gustaba estudiar, aunque algunos temas me costaban, la matemática nunca me gustó. A los 12, porque nos iban cambiando por edad me fui a un hogar de huérfanos en Capital Federal a unas 7 cuadras de Plaza Once o Miserere, -ahí están los restos de Bernardino Rivadavia que fue el fundador de la Sociedad de Beneficencia- (Institución creada en 1823). Me quedé hasta los 17, y tocaba en la banda también, en ese lugar empecé a estudiar mi oficio de gráfico y en el año 1947 me salí del colegio, (muchos nos fuimos); nosotros estábamos a cargo de los padres salesianos.
Eran siete oficios los que podías aprender, yo quedé en la imprenta, los otros eran herrería, mecánica, carpintería, sastrería, panadería, tipografía- imprenta y encuadernación era todo junto, también cocina. Había para elegir, y estaba lindo porque estaban los salesianos. Cuando llegué al hogar de huérfanos en San Isidro en el año ‘43 había una congregación que se llamaba “Los Hermanos Camilo”, ellos estaban ahí porque en la época de la famosa fiebre amarilla* en Buenos Aires ese colegio fue hospital, después cambió todo y Beneficencia se hizo cargo.

En el Colegio Salesiano seguí el oficio terminé el quinto año de tipógrafo pero no me gustaba mucho la imprenta. Cuando terminé el oficio estaba haciendo trámites para entrar a la banda del ejército. Siempre me gustó la música, tocaba el bajo, la tuba le dicen algunos. Ahí apareció un curita en San Isidro, buscando alguien de imprenta para traerlo acá (a Ushuaia), a la imprenta de la parroquia. El director del colegio le dijo no tengo a ningún principiante y el curita -el Padre Cesar Campos- buscaba eso. Pero tengo uno que terminó el oficio (ese era yo), y el director le dijo “pero ojo, convénzalo porque a él le gusta la música y se está por ir al ejército”. Y así el curita me habló y me dijo allá no hay banda de música, hay un organito que no toca nadie, vos sabes leer la música. Y podes seguir aprendiendo, allá hay libros.

Y se vino a Ushuaia

Tenía 20 años cuando vine, así que me puse a practicar y practicar para tocar en bautismos y casamientos. Y en base al teclado… después me compré un acordeón y con eso tocaba en los bailes, una pequeña diferencia (se ríe), terminaba en los bailes y me iba a la iglesia. Acá vine a la imprenta de la parroquia, tres años estuve y en el último trabajé poco, tuve que hacer el servicio militar en Río Gallegos. Cuando volví, seguí en la imprenta, entonces vino alguien y me dijo que necesitaban un gráfico en la Base. Yo trabajaba con Peña, (Sí, el papá del Peña que trabaja en el diario), él no conseguía trabajo en ese momento y tenía una familia grande; entonces le dije al Padre recíbalo porque anda bien sabe de imprenta. Yo me tenía que ir a hacer el servicio militar y no quedaba nadie. Peña (h), en esa fecha tenía tres o cuatro años. Así que lo tomó y cuando yo volví seguimos los dos. Así, que a la Base me fui yo porque el requisito era ser argentino. Ahí estuve en la imprenta de la Base Naval hasta más o menos el ´70, esa era la que usaban los presos, la tipografía, las máquinas de imprimir los burros -le decíamos nosotros- donde van las letritas. Con el tiempo, la Base Naval donó la imprenta al Gobierno y la tuvo acá en donde está la oficina de energía (Lasserre y Gob. Deloqui).

En ese transcurso Ángel Calderón emprendió con el negocio de su propia imprenta, aunque no fue como esperaba y decidió cerrar. Las vueltas de la vida, lo hicieron volver a la imprenta, esta vez en el Gobierno de la provincia.

“…y justo veo al que le decían “El Tucán” Rodríguez, él era el encargado de la imprenta de gobierno. A él se le había ido el empleado de vacaciones y ya habían pasado dos meses y no volvía. Me ofreció trabajo, y a los pocos días me llamó y empecé a trabajar. Después edificaron la Casa de Gobierno y se trasladaron las máquinas a la gobernación. Ahí trabajé todos los años y se hicieron dos “diaritos” y todo tipo de trabajo, formularios para las oficinas, para el hospital, la municipalidad… y bueno ahí me jubilé, tenía 55 años. La reglamentación era nueva. Y yo le enseñé el trabajo a muchos, de los que entraron ahí en la imprenta y todos rindieron bien. Tal es así que tres de ellos terminaron como director de la imprenta de Legislatura: González, el Pipi Santillán, Aisanbel.

Y mientras los recuerdos fluyen estos no siempre siguen las reglas del texto, simplemente fluyen y entonces retomamos los primeros años porque es lo que impera en ese viaje.

…cuando recién vine viví en la misma Parroquia y conocí mucha gente, la familia Warnes por ejemplo, la señora estaba preparando unas camas en la Parroquia (al lado), porque venían los chicos del Colegio Agrotécnico y no tenían donde vivir entonces El Padrecito les prestó un local pequeño que tenía libre y mientras ella hacía las camas, empezamos a charlar y me hice amigo de los chicos, y hubo momentos que yo viví en la casa de ellos. Conocí a los Valencia, los Galiñanes, que justamente uno tiene la funeraria, el chico Oviedo.

Cuando llegué trabajé en la imprenta, estaba detrás de la Iglesia Antigua, tenía los vidrios rotos, había una estufa a leña pero yo no podía agarrar las letras del frío, era mucho el frío y la nieve, un tanto así (acompaña lo dicho con el gesto). La prueba está en que yo llegué en un avión de la Armada (porque estos son corajudos no tienen problema), entraron a las 9 de la noche en el mes de mayo y ya está oscuro, igual entraron.
No había vehículos, así que desde el Aeropuerto y hasta la Parroquia nos fuimos en un celular de la Policía (risas), con el cura veníamos mirando por la rejita (división entre la cabina del conductor y los pasajeros). Era un vehículo para llevar a los presos.

Un ángel en la vida de Ángel

A mi esposa la conocí en el año 1958, se llama Hilda nosotros como dije antes teníamos la orquesta en los bailes y los padres de ella tenían la concesión del bar El Sportivo, (Donde está el ex Hotel Cesar). En el 60 nos casamos en la Parroquia, y cuando nos íbamos a casar nosotros yo le digo a ella y a nosotros quien nos va a tocar la marcha nupcial porque no tocaba nadie. Y apareció un matrimonio que venía siempre a la iglesia y se enteró de lo nuestro y entonces la señora dijo no se hagan problema yo voy a tocar la marcha nupcial. Nos cantó el Ave María y así empezó el casamiento, resultó que la señora era soprano y fue una emoción terrible. Lo tengo grabado en el órgano y aún hoy la sigo tocando.
Tenemos cuatro hijos, aunque yo siempre digo seis, porque tuvimos dos hermanas una vino primero era chiquitita, y ahí están. Me muestra fotos de los seis hijos. A estas dos las criamos nosotros, esta tenía casi 12 meses y las monjitas le dijeron a la mamá porque no se las dan a los Calderón, ellos se las van a cuidar. Y hasta hoy las sigo viendo, está viene todos los días (señala en la foto a la más chica), y está otra vino cuando se le murió la mamá, no quería ir a lo de sus tíos, quiso venir con nosotros y acá están.
Al poco tiempo de venir me estaba por ir de vuelta no podía trabajar por el frío, ni podía agarrar las letras que eran chiquititas. Espera me dice el cura que el sábado buscamos gente y pasamos la imprenta a la iglesia nueva y así fue, y ya no me fui y acá estoy desde el año 50, llevo 68 años viviendo acá.

Y… de lo que recuerdo cuando llegué acá, es al Gobernador Guillermo Carro Catáneo, ese nombre no me olvido más, era un capitán de navío, porque en aquella época esto era gobernación marítima. Después el Capitán Campos, a veces uno lee las noticias por el celular o que vienen las hijas y las escucha contar, él fue una gran persona. Nunca andaba escondido, siempre andaba por fuera paseando, promocionó mucho el problema del petróleo en Río Grande, un hombre que trabajó mucho. Después recuerdo a un tal Padilla que tocaba el arpa, él iba a tocar a las casas de familias. El gobernador Padilla siempre andaba con su ponchito.

Las dificultades de vivir en Ushuaia

Y había que bañarse en una palangana, los baños estaban afuera de la casa. Y cuando nevaba era mucha nieve, entonces los chicos y los grandes también se divertían largándose por la barranca en trineo. Hubo un año o dos que suspendieron las clases por la cantidad de nieve, yo cuando llegué había bastante nieve y a los dos días acompañé al cura hasta la Base Naval porque había muerto un conscripto, íbamos a orar y yo no tenía ropa como para abrigarme bien. Recuerdo que yo andaba con un saco de cuero que cuando me lo ponía sentía más frio que cuando no lo tenía. Yo tenía una boina y la bufanda, cuando íbamos s casi llegando a la base, tenía tanto frio en las orejas que me puse la bufanda y después la gorra parecía un disfrazado.
Cuando los chicos fueron un poco más grandes, íbamos a todos lados, vacaciones no les faltaba y teniendo el autito. Lo más lejos que fuimos fue hasta La Serena en Chile, que está a la altura de San Juan, pero fuimos hasta Mar del Plata, Bahía Blanca, y hasta fuimos a donde están los delfines en la costa Atlántica, (San Clemente).

Cuando yo era chico en el colegio nos decían que cuando uno nace, nace también un ángel que nos cuida y para mi es ella (mira amorosamente a Hilda, su esposa). Nunca una discusión, nos ponemos de acuerdo en seguida y uno ve a los chicos y son los mismo que nosotros. Por eso doy gracias A Dios haber llegado acá y haberla conocido y sin tener parientes ni nada. Armamos una linda familia y grande con nietos y bisnietos».

*Fiebre Amarilla: Los primeros casos en Buenos Aires se detectaron el 27 de enero de 1871. La epidemia fue aplastante. Murió el 8% de la población porteña: 14 mil personas.